Cristobal Rodas
Ser Constituyente no es un cargo ni una etiqueta que se lleva puesta; es una forma de estar en el mundo. Cuando entré a la red no sabía del todo lo que significaba, pero con el tiempo entendí que ser Constituyente es asumir, de manera cotidiana, la convicción de que las reglas del juego que hoy producen desigualdad y crisis climática pueden y deben cambiar, y que ese cambio no vendrá de arriba hacia abajo, sino de la organización paciente y terca de quienes hemos vivido esas desigualdades en carne propia. Es aceptar que la transformación de un país no se decreta, se teje, conversación tras conversación, encuentro tras encuentro.
Ser Constituyente también significa pertenecer a algo más grande que uno mismo, sin dejar de ser uno mismo. En la red conviven activistas por la diversidad, defensoras del territorio, feministas, mediadoras comunitarias, líderes gremiales y personas que luchan por los derechos de la discapacidad y de las personas trans, entre muchas otras causas. Cada quien llega con su propia historia de indignación y esperanza, y sin embargo aprendemos a mirarnos como parte de un mismo proyecto: cambiar de raíz la forma en que decidimos lo público y en que nos constituimos como país. Esa diversidad, que al principio puede parecer dispersión, con el tiempo se revela como la verdadera fuerza de la red: nadie puede cooptar ni simplificar algo que nace de tantos lugares distintos a la vez.
El día a día de trabajar en la red es, ante todo, un ejercicio de escucha y de paciencia. No hay una sola mañana igual a otra. Un día se trata de preparar un taller para discutir una estrategia legislativa; otro, de coordinarse con la comisión de comunicación para afinar el mensaje de una campaña; otro más, de sumarse a una reunión de los capítulos estatales para recoger y organizar propuestas. Los chats grupales nunca duermen, las videollamadas se cruzan con las asambleas presenciales, y siempre hay una minuta pendiente de redactar o una capacitación por organizar.
Es un trabajo hecho de detalles administrativos —informes, presupuestos, calendarios— entretejidos con momentos de una emoción difícil de explicar: el instante en que una comunidad logra articular, por primera vez en voz alta, la propuesta que llevaba años cargando en silencio.
Coordinar proyectos tan diversos con personas que vienen de trayectorias, ritmos y urgencias distintas no siempre es sencillo. Hay tensiones legítimas sobre prioridades, sobre cómo repartir recursos escasos, sobre qué tan rápido o tan despacio se debe avanzar. Pero también hay algo que rara vez se encuentra en otros espacios: la disposición genuina a cuidarnos mientras discrepamos, a sostenernos cuando el desgaste del activismo pesa, y a celebrar juntas cada pequeño logro como si fuera colectivo, porque en realidad lo es. Ser Constituyente ha significado aprender a construir consensos sin borrar las diferencias, y a entender que la lentitud de un proceso verdaderamente participativo es, paradójicamente, lo que le da solidez a cualquier cambio duradero.
Al final del día, lo que me sostiene no son los resultados inmediatos —que a veces tardan años en llegar— sino la certeza de no estar solo en esto. Ser Constituyente es despertar cada mañana sabiendo que, en algún lugar del país, alguien más está empujando en la misma dirección: hacia un México donde la participación ciudadana deje de ser una excepción y se convierta en la manera normal de decidir sobre lo público. Ese es, para mí, el verdadero significado de pertenecer a esta red.







